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Entrevistas

 

Mariano Prellezo Santervás

"Una lata de sardinas nos servía como cazuela a la hora de comer"

Es lunes, día de mercado en Potes, y como los buenos lebaniegos que no quieren perder la tradición, allí estaba Mariano Prellezo sentado en la terraza de la “Caseta” tomando un café con sus familiares y amigos.

Hola Mariano, cómo estás, ¿me conoces?, le saludé.

Y el hombre, que está ya a punto de cumplir 93 años, lo piensa un poco, duda y enseguida me dice: “Ah, sí, tu eres el que pone las fotografías en internet. Me gustan mucho y en  Legazpia, donde vivo, las veía muchas veces, pero lo que más me gustaba son las entrevistas que haces”.

Aprovechando la ocasión, le suelto: Te tengo que hacer una a tí ..…...

Mariano duda un poco, es reacio a la entrevista, aunque pronto accede y quedamos en vernos esa misma tarde en San Pedro de Bedoya donde pasa unos días junto a su hermana y sobrinos.

Y allí estaba Mariano esperándome después de dormir una pequeña siesta.  “A poder ser, no la perdono”, comienza diciéndome.

¿Dónde naciste?.

Aquí en San Pedro. Nací el día 16 de Octubre de 1926. De aquella nacíamos todos en casa, no iba nadie a hospitales, ni siquiera venía el médico como hacen ahora. Quiero recordar haber oído a mi madre que ejerció de comadrona la tía Goria, la madre de Consuelo Álvarez, de Esanos. Nosotros fuimos seis hermanos: María Luisa, Lipe, luego vine yo, después me siguieron Tomás, Aurora y Pedro. Figúrate cómo viviríamos en esta casa con sólo tres habitaciones. Ahora ya solo quedamos Aurora, Pedro y yo.

¿Llegaban los Reyes a San Pedro?

Llegaban mal, no había carretera, responde socarronamente. Me acuerdo que con ocho años me mandaron a Pumareña a “servir” a casa de Celestina Martínez, que vivía sola con su madre. Su hermano Prudencio estaba en la mili y yo los iba a ayudar a cuidar las vacas, las ovejas y a hacer todos los recaos que me mandaran. Y hablando de Reyes, me acuerdo que ese año me trajeron allí un paquete de galletas. Me lo dejaron puesto en el balcón y luego bajé al camino que pasa delante para ver si se había caído alguna cosa más, pero no había nada.

¿Ibas a la escuela?.

Muy poco, la escuela la veía cuando pasaba por allí.

Entonces, ¿dónde aprendiste lo que sabes?.

Con mi padre que sabía bastante, sabía hasta la regla de tres. Mi padre era muy curioso trabajando la madera, hacía rastrillos, albarcas…. Mientras él trabajaba, me echaba cuentas y si estaban mal….., “palu va...."

¿Qué otras cosas me cuentas de pequeño?.

Después de estar en Pumareña con Celestina, me mandaron a Trillayo, a casa del tíu Angel Cuevas y de la tía María, la coja. También con la misma tarea, cuidar de los animales, recaos y demás.

¿Te pagaban algo?.

Nada…..., solo por la comida, me responde prontamente. Aunque una vez me compraron un traje. Tuve que ir a Ojedo a hacer las pruebas, tendría yo unos doce años. Me acuerdo que la chaqueta tenía unas franjas muy guapas. Le ponía los Domingos para ir a Misa. Estando en Trillayo me mandaban bastante a la escuela de Esanos, la perdía pocos días. Subía con Juan Manuel Cuevas y Esteban Verdeja que eran los muchachos con los que más jugaba en Trillayo.

¿Te acuerdas de los maestros?

Me acuerdo de uno que era comunista. Tenía un hijo que nos enseñaba a los demás niños una canción que luego teníamos que cantar levantando el puño. No recuerdo la canción. ¿Sería la Internacional?. “Esa, esa era”.

También hubo otra maestra, que no me acuerdo cómo se llamaba, que nos mandaba enseñarle las uñas y nos daba con la regla. En una ocasión escribí en un papel el nombre de Fidel y se lo puse sobre la mesa. La maestra preguntó quién había sido y allí no apareció el culpable. Nos mandó a todos escribir en un papel el nombre de Fidel poder identificar al culpable. Yo procuré escribirle al revés, lo puse muy mal, pero ella se dio cuenta de la jugada y me castigó ese día sin salir a comer.

¿Algún recuerdo más de tu niñez?.

Bueno, me acuerdo que siendo ya un mozalbete fui a Salarzón a la romería de San Juan con Luciano Abad que era otro crío de aquí, de San Pedro. Luciano hablaba mucho y mientras él hablaba, yo tenía muchas ganas de mear y no se me ocurrió otra cosa que mearle en el bolsillo. “Luciano, que te estoy calando…..”, le decía yo. “Que no, hombre, que no…..” me contestaba sin dejar de hablar. Así hasta que se dio cuenta de que estaba todo mojado. No me lo tomó a mal, éramos todos muy unidos.

Vaya una broma...., le replico, y ¿a qué jugabais?.

A los guardias y pasiegos, íbamos por los pajares. Al salto de la mula, también. Jugábamos sobre todo los Domingos y por Semana Santa, en otras épocas había que trabajar. Me acuerdo también que Luciano tenía un balón que le habían traído unos familiares que eran indianos y nos hartábamos a darle patadas.

¿Íbais a Misa?

Sí, todos los Domingos, eso no se perdía nunca y en casa se rezaba el Rosario todas las noches. Estaba de cura uno que se llamaba Ángel Camina Izquierdo, que era muy joven y no sabes lo que le gustaban las mujeres….., después vino D. Benigno que era muy honrado y muy bueno.

¿Qué trabajos hiciste de mozalbete?.

Mira, a los 17 años me mandaron a Polaciones a trabajar a los Saltos del Nansa. Fui como pinche, pero me mandaban subir al hombro los pistoletes para barrenar. Subía unos cuantos de cada vez y pesaban mucho. Aquello no lo hacía nadie más que Mariano. Mucho trabajé allí.

Fuimos varias personas de Bedoya, uno de ellos era Benjamín Soberón que tenía un año menos que yo. Otro que también estuvo fue Pedro Cuevas (Pedrín), de Esanos. En Polaciones ganábamos poco, estábamos de patrona en casa de uno que se llamaba Abel, creo que se apellidaba Alonso, y tenía dos hermanas llamadas Aurora y Avelina. En esa casa sólo dormíamos. Comíamos en un economato de la empresa, pagando nosotros la comida, claro. En una lata de sardinas, de esas grandes, la hacíamos dos agujeros por donde metíamos una cuerda y así la podíamos echar al hombro para llevarla hasta el economato, pues nos valía como cazuela. La comida tampoco era muy abundante, ten en cuenta que éramos unos mozos y no nos veíamos hartos.

Pedrín llevó la burra hasta allí y como estaba parida, la ordeñaba todas las mañanas para beberse la leche. Estando allí en Polaciones también íbamos algún día a ayudar a recoger la hierba a dos vecinos conocidos: Pepe Cuevas, que era de Trillayo y su esposa Goria, que ya me enteré que todavía vive y que el otro día cumplió 104 años.

Mariano respira hondo y cuando coge carrera no hay quien le pare. Te tengo que contar una cosa. Un día, estando en Polaciones, a Benjamín y a mí se nos ocurrió hacer una “pequeña” excursión. En Polaciones la fruta escaseaba y nosotros nos acordábamos que en Bedoya de eso estábamos bien. Nos vino a la memoria unos mijuelos que tenía siempre por ese tiempo el tíu Federico Soberón en Las Bárcenas. Ni cortos ni perezosos, esa misma tarde-noche, después de salir del trabajo, emprendimos la ruta por las estribaciones de Peñasagra. Nos esperaban varias horas de camino, no sé calcular mucho, pero creo que más de cuatro horas para llegar al lugar de la “fruta prohibida”. Sin linternas, ni nada, y por estrechos senderos llegamos por fin a las Bárcenas. Fuimos derechos a los mijolares que conocíamos bien de otras ocasiones. Este no tiene ningunu, el otro tampoco…..., hasta que nos dimos cuenta que su dueño ya los había recogido días antes. Con eso, y con las orejas gachas, volvimos a recorrer los empinados senderos para llegar a Polaciones a la hora de entrar de nuevo al trabajo. Cosa de chavalones…...

¿Se pasaba hambre en Bedoya?

Hambre no, porque se sembraba mucho. Nosotros lo hacíamos en el Dobro y en la Piquera. Ya te digo que hambre, no, pero ganas de comer muchas cosas, sí que pasábamos. En nuestra casa teníamos cerdos y matábamos una cerda todos los años. Cuando parían se vendían al poco tiempo y con el dinero se compraba harina para cocer el pan.

¿Te acuerdas de los años de la guerra civil?.

Sí, claro que si. Me acuerdo cuando llegaron a San Pedro los nacionales que los recibimos todo el pueblo con vítores y toque de campanas.

Después de la guerra quedaron los maquis. En una ocasión me tropecé con ellos en Cedablo. Eran tres o cuatro y el jefe de ellos era uno que se llamaba Bernabé. Aquí en San Pedro estaban muchos días los guardias. En una ocasión llamaron a la puerta de casa y salí y me encontré con un guardia apuntándome con el fusil. “Oye, para....., que aquí no hay nadie…....”, le dije.

En otra ocasión, cuando mataron a Juanín, Samuel Cuevas se encontró con Bedoya en Llandelestal y al día siguiente subieron allá unos cuantos guardias a ver si le veían. El Capitán subió a caballo y los demás andando. El capitán era Joaquín Villoria, lo sé porque su suegro era primo carnal de mi padre y teníamos mucha amistad con él. Siempre venía por nuestra casa.

¿Qué me puedes decir del racionamiento y del estraperlo?.

Me acuerdo perfectamente. Una noche fui con Eloísa Movellán y con mi hermana Aurora a Potes a buscar pan y en Roscabao estaban los militares que nos echaron el alto. ¡Alto, quién va…..!, preguntaron, y Eloísa les respondió: ¡España….¡¡¡, y nos dejaron pasar sin más.

Otra vez fui con Aco (Ciriaco Bustamante) para la zona de Palencia. Llevábamos una burra y de noche la soltamos para que comiera algo y al día siguiente apareció en un trigal. En otra ocasión fui con la tía María, la coja, a Llánaves. Traíamos dos sacos patatas en el burro y por el camino el burro se acostó por el peso. Le tuve que agarrar por el rabo y logré ponerle de nuevo en pie.

¿Había baile en Bedoya?.

Los Domingos en San Miguel y luego en las romerías. A mí no me gustaba mucho bailar, solía tocar el tambor. A veces acudía con la gaita Abel Cantero, de Cahecho, y hacíamos buena pareja. Pero ya te digo que yo bailaba poco, a mí me gustaba más arrimarme por algún rincón o por alguna esquina con alguna moza.

¿Fuiste a la mili?

Sí, en Logroño, estuve en la cocina y me acuerdo que vendíamos el aceite y el arroz y luego lo echábamos en bebidas.

¿Te gustaba la caza?.

Sí, me gustaba. Tuve escopeta y salíamos a cazar. Me acuerdo que un día me avisó mi hermano Lipe que andaban los perros ladrando mucho por encima de casa. Salí para allá y en Sária maté una corza. La comimos entre unos cuantos y luego se enteró la guardia civil, pero para algo valía tener al capitán en la familia.

¿Qué más nos cuentas de aquellos años?.

Pues que en las noches de invierno solíamos ir a “velar” a algunas casas, como a la del tíu Ángel Soberón que tenía la única radio del pueblo. También íbamos a deshojar el maíz a la casa de la Torre, a casa Duardo….., hablando de radios, te diré que la segunda radio que vino al pueblo fue en mi casa. Era de segunda mano y se la compramos a un guardia civil retirado. Oíamos a la Pasionaria.

¿Qué diversiones tenía la juventud?.

Principalmente salir por las noches a natas. A algunos no les dejaban salir. Me acuerdo de Salvador que le tuvimos que poner una escalera a la ventana para que se uniera a nosotros.

A Duardo le hicimos una noche una jugarreta, le sacamos el carro de las vacas delante de casa y éramos nosotros los que empujábamos para detrás y adelante. Mientras Duardo y la mujer contemplaban desde el corredor la maniobra, yo entré por detrás de la casa y le robamos la leche. Duardo era uno de los que se jactaban de que en su casa no faltaba nunca la nata. No les gustó mucho que se la robáramos.

En casa de Adolfo también íbamos. Una vez salió corriendo detrás de nosotros con el perro. Yo no corrí y logró cogerme. No me hizo nada, era una costumbre de los mozos y la cosa no pasaba de eso.

De las natas tengo varias anécdotas. Con Aco fui una vez a Salarzón y la cogimos en el Palacio. Tuvimos que ingeniarnos para atar un cazo a una vara larga, porque la nata estaba en un sitio bajo. Por la ventana logramos sacar cazos llenos de leche.

Otra vez estábamos en casa de Gorio unos cuantos mozos y pensamos coger las natas en casa de Guillermo Cuesta. Con nosotros estaba su hijo, Ignacio, pero no se tenía que enterar, así que mientras unos se quedaban con él en casa, otros fueron a por la leche a casa de su padre. Ignacio además fue el encargado de traer el pan, que luego comimos con la leche. Al día siguiente, una vez aclarado todo, decía Ignacio: “Oye, cuando estaba bebiendo la leche, ya me parecía a mí que tenía el mismo gusto que la nuestra..….”.

Otra vez fuimos a casa de la Torre y tuvimos que poner una escalera para subir a donde estaba la leche. Metrio tenía por ella y me dice: ¿Hay leche?. “Sí, mira”, le respondí a la vez que le tiré la leche de la cazuela a la cara.

¿Tuviste bicicleta?.

Sí la primera bici que llegó a San Pedro fue la mía. La compré en Bilbao y yo no sabía andar en ella. Nada más salir de la tienda monté en ella y claro…., caí redondo al suelo. En otra ocasión bajé montado en ella a Federico Gaipo hasta Tama. Cuando llegamos allí, a Federico le faltaban las alpargatas. Las había gastado de arrastrarlas por el suelo del miedo que tenía.

¿Qué personas destacarías del valle?.

Trabajar, trabajábamos todos, quizá destacaría a mi padre, a Federico Gaipo, a Juanito Vega que era cantero y nos hizo la cuadra y pajar. Me acuerdo que yo entonces estaba en Polaciones y como estaba de dinamitero…., traje mucha dinamita para romper el muro donde la levantamos.

En aquellos años era una costumbre poner, a los que decían que tenían dinero, el “Don” delante del nombre.  Me acuerdo de Dª Felipa, Dª Rosalía, D. Tomás Cantero, D. Teodoro Gutiérrez. Fíjate a dónde llegó la cosa que en una ocasión el cura dijo en la iglesia que los únicos “Dones” eran él y el maestro. Dª Rosalía se levantó y se salió de la Iglesia. No permitía que nadie la llamase Rosalía a secas.

Tengo entendido que marchaste de joven del valle….

Sí, entré a trabajar en la Fábrica de herramientas “La Bellota” en Legazpia y allí me establecí. Trabajé de hornero, calentando el hierro. Luego tuve un accidente y estuve una temporada larga de gruista. Después de jubilado estoy en el mismo pueblo, en una residencia tutelada por el Ayuntamiento de la zona, donde estoy muy contento. Vivo en un apartamento sólo y estoy muy bien atendido. Los lunes, miércoles y viernes me hacen la limpieza, otra persona viene a hacerme la cama. Me lavan la ropa, me dan de comer. Tenemos médico y ya te digo que estoy muy bien. No me preocupo de nada. Lo único que pago es el teléfono.

¿Tienes Internet?.

Le tuve hasta hace poco. Empecé con casi 90 años y la verdad que no aprendí mucho, pero algo logré saber. Veía todas las fotos que ponías en tu página del valle de Bedoya. Ahora ya no lo tengo, pero tengo el teléfono y también otro aparato un poco mayor que me regalaron que no sé cómo se llama (tablet), pero yo no lo entiendo. Cuando pongas ésta entrevista ya me la enseñarán las sobrinas. A ver qué guapo me sacas…...

Y así dimos por concluida ésta larga entrevista donde Mariano, pese a sus muchos años, nos deleitó con sus sabios y acertados comentarios, dando fe de una memoria y de una cabeza privilegiada. A seguir así y muchas gracias por detallarnos cómo se vivía en Bedoya hace casi 100 años.  

José Angel Cantero Cuevas
Abril - 2019

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Maricarmen Prellezo - 14-04-19

Muy bonita la entrevista, qué memoria tiene mi tio, bueno la verdad que todos los Prellezos tenemos buena memoria. Ojala yo llegue a esa edad como ellos

 

 
 
 
 
 
 
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